lunes, 25 de octubre de 2010

Censurado

En momentos como ahora desearia adelantar el tiempo y saber a donde me llevaran las acciones que e tomado
o que no e tomado
Pareciera que cada día que vivo es una contradicción tras otra
sumado a indecisiones, confusiones y supuestos
Mi tolerancia al resto del mundo es cada vez menor
claro eso ayuda a espantar a cualquiera
y me voy quedando sola
despues de todo pareciera que para el resto tengo un corazón de piedra
que no acepta ni da amor
fui educada para ser yo la que estubiera para los demás
a oir y dar aliento
a dividirme en mil y ayudar en todo lo que pudiera
a jamas expresar lo qué sentia
jamas debo decir lo que pienso
"muy alto tú mente vuela y tú vales tan poco"
y hasta pienso que mientras no digas las cosas es mejor
mientras esten en tú mente y en tus sueños
tendras la esperanza de que talvez lleguen a pasar

Por "politica" me mantengo neutral
Nunca e sido realmente fan de algo o alguien
mis amistades escasas por no decir casi nulas
y creo que ni ellos mismos saben lo que significan para mi
mi volvi un ser bastante ajustable a las circustancias
un fantasma más del mundo
que se niega a serlo
y por eso las torturas y las agonias me acompañan facilmente
silencio es momento de volver a censurarse

domingo, 3 de octubre de 2010



Cuanto detesto esta época del año...
los dias son cada vez más frios y lugubres...
y mi pequeño cuerpo se resiente tanto...

la soledad que a la larga me auto-impuse, se hace más obvia...

en el aire se respira que algo no esta bien....
algo está cambiando en el silencio...
y cuando mis ojos vendados de confusión puedan ver de que se trata...
sera demasiado tarde...

extraño sentimientos y caricias que quizas jamas e tenido...
pero las anhelo tanto...

... deseaba tanto está noche una conversación silenciosa ...
pero como es costumbre , no habia nadie para tenerla

me e acostumbrado tanto a no decir las cosas
a guardar silencio
a encerrarme en mi misma en un mundo que nadie parece conocer
... que cuando quiero expresarme.... no puedo
hasta de las cosas más simples olvido el nombre
aunque la imagen de lo que quiero expresar de mil vueltas en mi cabeza

pareciera que me desvanezco...
vaya si conocere esa sensación...
pero no se porque sucede ahora...
el dolor no me trajo esta vez hasta este punto
al contrario... una extraña paz me rodea
una paz que me inquieta y me quita el sueño

... estes donde estes...
abrazame está noche mientras duermo
apresurate a llegar
porque nose cuando me desvacenere

miércoles, 15 de septiembre de 2010

... asi ...



De nuevo pareciera que estoy pidiendo demasiado...
Detente y observa por un momento...
Todo empieza a volverse excusas y mentiras...
Sigo conservando la imagen de niña...
Pareciera que nos empeñamos en repetir la historia...
Pero ya no lo soy, aunque asi pareciera...
Y ya conozco el final... siempre es el mismo final...
Una niña saldria tan lastimada con todo esto...


Simplemente
calla

Simplemente
busca tú felicidad

Y solo entonces
habra
tranquilidad




PEQUEBU

(Mario Benedetti)

Le parecía a veces que sus propios gritos salían de otra garganta, y sólo entonces lograba situarse más allá del dolor estéril, feroz. Aunque su cuerpo se encogiera y se estirase (como un bandoneón de cambalache, llegó a pensar), él casi podía sentirlo como una cosa ajena. A diferencia de otros que dijeron no sé, y no hablaron, y sobre todo a diferencia de aquellos pocos que dijeron no sé y sin embargo hablaron, él había preferido inaugurar una nueva categoría: los que decían sé, pero no hablaban. Ahora que aparentemente el tipo deja la máquina, y la máquina deja a su cuerpo, sabe que sin embargo falta aún la patada en los huevos. Es un ritual. Y la patada viene. Todavía no ha llegado a desprenderse tanto de su pobre cuerpo como para sentir la patada ritual. En ese instante no siente sus testículos como algo ajeno sino como algo irremediablemente suyo. No tiene más remedio que doblarse. " Así que Pequebú ¿eh?", suelta el tipo con una risa que también bostezo. De modo que hasta eso saben. Pequebú. El mote había nacido aquella noche, en el boliche del gallego Soler, cuando Eladio vio que traía dos libros y le preguntó qué estaba leyendo. El mozo había puesto encima la bandejita con tostadas, así que él se limitó a apartar la bandeja para que el otro viera los autores: Hesse y Machado. "Así que Pequebú ¿eh?. Como alias, no está mal", volvió a festejar el tipo, tal vez haciendo alguna mueca para sus silenciosos compinches, y él empezó lentamente a desenroscarse, porque sabía que ahora venía la tregua. "No sé cómo estarás vos, pendejo, pero yo estoy fané. Así que vamos a descansar una horita y después reiniciamos el trabajo ¿qué te parece?" Esperó que sonara el portazo y que se alejaran los pasos de los cinco. Sólo entonces se estiró en el piso mugriento, donde el olor a sangre, propia y ajena, se mezclaba con el tufo a sudor y vómitos de la capucha. "Lecturas pequeñoburguesas", había sentenciado Raúl, y él se había encogido de hombros. Sí, pero le gustaban. Eladio había echado la ceniza en la taza, usando la cucharita para aplastarla contra la agotada bolsita de té. Después había sonreído, sobrador. "Lo que pasa es que vos, Raúl, aún no te has percatado de que Vicente no sólo se dedica a lecturas pequeñoburguesas, sino que él mismo es un pequeñoburgués". "Pequebú", dijo Raúl, y todos rieron. A partir de esa noche, la barra entera lo llamó así. Sólo algunas de las muchachas, con esa manía tan femenina por las abreviaturas, lo llamaban Peque. Cursaban Preparatorios de Derecho, pero él era el único que, además, escribía. No sólo poemas, como cualquier neófito; también escribía cuentos. Hablaba poco, pero disfrutaba escuchando. Ahora que el dolor parece ceder un milímetro, puede recordar cómo disfrutaba escuchando. Y mientras escuchaba hacía cálculos, retratos, pronósticos y diagnósticos, sobre los que hablaban. Era tan tímido que nunca mostraba a nadie lo que escribía. Tenían poco menos que arrancarle los originales, y entonces alguien (generalmente, una de las muchachas) los leía en voz alta. Después venía la sesión crítica. "Pequebú, te pasaste. Te solazás demasiado en las cosas lindas”. Él preguntaba si lo decían por las mujeres. Las muchachas aplaudían. "No, eso está bien. Son las únicas cosas lindas que, además, son indispensables". Falluto. Demagogo. "Digo por las cosas nomás, por los objetos. En tus cuentos, cuando se describe un cuadro, un sillón o un armario, aunque vos no les hagas propaganda con adjetivos, igual uno se da cuenta de que son cosas lindas". "¿Y qué querés? A mí me gustan las cosas lindas, ¿a vos no?" Esta sí que fue puntada, carajo. ¿Cuánto más aguantará, no ya sin hablar (él sabe que no va a hablar) sino sin morirse? "Ése no es el problema: me gustan o no me gustan, todo eso es subjetivismo. Lo cierto es que en el mundo también hay cosa feas, ¿o no?" Él le había' preguntado si le gustaban esas cosas feas. "No es ése el asunto, te lo repito. El problema es que existen y vos las ignorás". ¿Quién le había dicho que las ignoraba? Estaban también, pero ellos no se fijaban. Sólo les chocaban las cosas lindas. "Pequebú, vos tenés unas lagunas ideológicas que son casi océanos". Puede ser, reconocía, pero de paso les pedía que se fijaran: las lagunas por lo general están quietas, y los océanos se mueven y cómo. A lo sumo durará dos sesiones de máquina. El derecho es como si no existiera. Pero el izquierdo, puta cómo duele. Cuando se creó la agrupación, él quiso participar, pero no hubo caso. "Nosotros te queremos, viejo, pero en estas épocas el cariño no es una prioridad, ¿sabés?" Eladio fue el primero en advertir que el argumento no era suficiente. "Mirá, Pequebú, con vos quiero ser franco. La militancia viene brava, ¿tamo?" y él no estaba claro, ¿era eso? "Puede ser que me equivoque, no soy infalible. Pero tenés muchos resabios: en tus gustos, en tus costumbres, en tus lecturas, hasta en lo que escribís". ¿Porque escribía sobre cosas lindas? "No sólo por eso. Por ejemplo, en tus cuentos nunca hay obreros". Era cierto, no había. "Y eso está mal. Si vos supieras que la clase trabajadora..." Lo sabía, lo sabía. " ¿y entonces?". Él trataba de hacerles comprender que en sus cuentos no había obreros, sencillamente porque los respetaba. Y algo más: "Vos sabés que yo vengo de una familia de clase media, ¿no?" "Bastante que se nota". "Nunca he frecuentado los medios obreros. Varias veces he tratado de poner laburantes en mis cuentos y no me sale. Después releo el fragmento y me suena a falso. Todavía no logré la clave para hacerlos hablar, ¿comprendés? No incluyo obreros para que no suenen a hueco. Porque yo sé que cuando hablan, y menos aún cuando actúan, los laburantes no son nada huecos". Aquí el otro le ponía como ejemplo los cuentos de Rossi, que ya tenía dos libros publicados. “Él también es clase media, y sin embargo escribe sobre obreros". ¿Realmente le gustaban los cuentos de Rossi? "Eso es otro asunto. Vos todo lo subjetivizás; ¿no te gustan? ¿no te gustan? También esa pregunta es pequeñoburguesa". Tenía razón; por lo menos era ,subjetiva, vas ganando uno a cero. Pero ¿le gustaban o no? "Y dale con la mocha. Yo no entiendo de literatura". Claro que no, pero ¿le gustaban? Por fin la confesión. "Me aburren un poco. Pero, claro, yo no entiendo”. Le aburrían, no porque no entendiera sino porque le sonaban a hueco; porque esos personajes no eran laburantes sino esquemas. Esquemones, más bien.

El dolor en cambio no era un esquema, sino una realidad sin escapatoria. ¿ Sería, también una actitud pequeñoburguesa sentir este dolor de mierda? Eso sí, tenía que hacerse una autocrítica: haber dicho que sabía. ¿Para qué? Total, ni él mismo tenía conciencia cabal de si era mucho o importante lo que ahora ocultaba, lo que empecinadamente se negaba a decir. ¿Habrá dicho que sabía, nada más que para probarse así mismo, para confirmar que podía aguantar hasta el fin sin delatar a nadie? Allá no lo habían aceptado. Por sus lagunas, claro. Además, la agrupación no admitía el ingreso de la pequeña burguesía. Él igual había seguido concurriendo a la mesa del café. Un poco se burlaban de él, y otro poco lo respetaban. Sobre todo respetaban su falta de rencor. E incluso una vez que había llegado, demasiado temprano y estaban los dos solos en la mesa, Martita, una de las pibas más lindas de la barra, le pregunto con cara de culpable de qué trataban esos libros que él siempre leía. Y él le había dicho unos versos de Machado: "La primavera ha venido. / Nadie sabe como ha sido". Y también: "Creí mi hogar apagado, / y revolví la ceniza.../ Me quemé la mano y cuando Martita había vacilado al preguntar: " ¿Machado es pequeñoburgués, como vos?", se había visto obligado a aclarar que, en todo caso, él era pequeñoburgués como Machado. La prioridad siempre para el troesma. Entonces Martita se había puesto muy colorada y había dicho, bajando aquellos tremendos ojos negros: "No se lo vayas a decir a Eladio ni a Raúl, pero a mí me gustan esos versos, Vicente". No lo había llamado Pequebú, ni siquiera Peque, sino simplemente Vicente. Él había sonreído como un idiota, pero en verdad estaba bastante conmovido. Por él mismo, y también por Machado. Y nada más. Porque llegó Raúl, casi corriendo. El horno no estaba para bollos. La represión se había puesto dura. La cana se había llevado a Eladio: lo levantaron a la salida de clase. Así que la consigna era esfumarse. Y se habían esfumado. Nunca más la vio a Martita. Una semana después alguien trajo el chisme de que Eladio había aflojado, pero él no creyó, ni siquiera ahora lo cree. Los comunicados oficiales siempre dejan entrever que todos aflojan. Pero sólo afloja uno cada cien. Aunque sufre como un condenado (¿acaso no es un condenado ? nunca había pensado que una frase hecha podía convertirse en realidad), en el fondo se siente tranquilo porque a esta altura está igualmente seguro de dos cosas: que él no va ser ese único en cien, pero también que va a morir. ¿Y ha de morir contigo el mundo tuyo, / la vieja vida en orden 'tuyo y nuevo? / ¿Los yunques y crisoles de tu alma / trabajan para el polvo y para el viento?" No hay caso, no puede desprenderse del viejo Machado. Cayó y no lo podía creer. No había militado. En realidad, no lo habían dejado militar. Hace como veinte días que cayó, o quizá sean dos meses, o cuatro días. Bajo la capucha es difícil calcular el tiempo. No ha hablado con nadie, es decir, con nadie que no sea el tipo que diariamente le hace ver las estrellas. Otro lugar común que se ha vuelto verdad. Cuando la máquina empieza a funcionar y él aprieta los ojos, siempre ve las estrellas. En rigor quien habla, pregunta e insulta, es el otro. Al principio él decía no; luego, se limitaba a negar con la cabeza. Ahora responde sólo con el silencio. Sabe que eso lo pone al otro más furioso, pero no importa. Al comienzo le daba vergüenza llorar, pero ahora no, sería estúpido gastar energía en aguantar las lágrimas. Además no blasfema, ni maldice. Sabe que eso también pone frenético al otro, pero tampoco importa. Por lo menos se ha construido un reducidísimo campo donde es él quien impone las reglas del juego. Y una de esas reglas (que no figura en los planes del otro) es morir. Y está seguro de que va a imponer su juego. Los va a joder, aunque sea muriéndose. Ya no tiene músculos ni nervios ni tendones ni venas ni pellejo. Sólo un gran dolor generalizado, algo así como una náusea gigante. Y sabe que vomitará cualquier cosa ( desde la inmunda comida hasta los míseros pulmones) menos los nombres, domicilios y teléfonos que el otro reclama. Ellos pueden ser dueños de la picana, de las patadas, del submarino (el húmedo y el seco), del caballete, de la crueldad en fin. Pero él es dueño de su negativa y de su silencio. ¿Por qué se oirán tan claramente los pasos en el corredor? Señores, va a empezar la tercera sesión de la jornada. ¿Sonará en ésta? A más tardar, en la de mañana. Las dos últimas veces perdió el sentido y, por lo que escuchó cuando volvía lentamente en sí, les costó tiempo y esfuerzo traerlo nuevamente a la vida. Es por eso que en el fondo se sabe poderoso. Todos sus sentidos están consagrados a ganar esta última batalla. A veces, como destellos, ve bajo la capucha los rostros de sus viejos, el altillo en que solía estudiar, los árboles de su calle, la ventana del café. Pero ya no tiene sitio para la tristeza. Sólo hay algo que le trae un poquito de amargura, la última tal vez, y es la certidumbre de que los muchachos jamás se enterarán de que Pequebú (Vicente, para Martita) va a morir sin nombrarlos. Ni a ellos, ni a Machado.


" ... Todo lo que soy... y todo lo que pienso...esta aqui.
Por eso, no podia faltar esta historia..."